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Bocadillo mágico y otras recetas

Será una tontería. Y, sin embargo, hay ciertos momentos en los que se me antoja más bien un castigo, una burla, una majadería de la vida que se divierte poniéndome a prueba. Son instantes que no razonan ni perdonan la inefable corriente de la frustración que me revienta en la cara. Que me recuerda que hubo otros tiempos más holgados y abundantes, aquellas vacas gordas, que tampoco lo fueron tanto, y que ahora pasan hambre. Así que, cuando tropiezo con excusas que se inventan una historia de gigantes que ahorran, de piratas que guardan celosos sus tesoros a la espera de tiempos venideros y más hermosos o de hadas que aprovechan cualquier sobra, solo para decirles a mi niños que esto o aquello no nos lo podemos permitir, desearía escupir al cielo aunque sea un poco.

Y claro que hay cosas que, aun estando a mi alcance, quedarían en cualquier caso relegadas a esos rituales que conceden premios por esfuerzos realizados, por logros alcanzados o por ser responsables. En fin, que, independientemente de la holgura económica de cada uno, considero vital la enseñanza de ciertos principios y de la importancia de luchar por lo que se desea. No hay que darles todo aunque puedas. Es decir, que no perdería ni he perdido de vista el horizonte de valores que pretendo inculcar a mis criaturas. Pero hay veces en que los continuos recortes hastían; ocasiones en que los noes se precipitan por mi boca como el fango por las rocas que pernoctan bajo el diluvio, y ahogan; momentos en los que me gustaría consentir un pellizco de aquellas alegrías que en su día me parecían opciones tan nimias y asequibles. Y no andar escatimando de aquí y de allí como hago ahora y como hacía cuando era una cría y no me llegaba ni para el tabaco.

No me quejo. No tengo siquiera derecho a hacerlo. Por desgracia, el mundo se despliega ante mis ojos con un lenguaje grotesco que me taladra el alma con sus indescriptibles infortunios, desdichas, accidentes, acontecimientos deplorables, atrocidades, repugnancias inhumanas…con tanta infelicidad. Tanta que procuro no mirar demasiado para no cuartearme irremediablemente el corazón. Tanta que no hay nada que pueda hacer para cambiar un ápice de esas vidas destrozadas. Tanta que tan solo hallo consuelo en el espectáculo de esos ojitos tiernos, tan ingenuos que demandan mi cariño y atención; en el sólido y firme abrazo de mi marido; en el remanso de paz de mi gente amada o de esos campos de flores amarillas que se deslizan por el reflejo de mi ventana. O bajo la cúpula de un cielo sin metralla.

Así que no es un lamento el mío. Es, en realidad, una ofensa de mi debilidad, de mi ego magullado por esa crisis que se supone superada, de mi impulso humano de vivir siempre mejor aunque cueste tanto o peque de absurdo o necio en determinadas circunstancias. Siempre he sido y pretendo ser una persona que piensa en positivo, que agradece cada bendición que me rodea, cada pequeño detalle que se escabulle entre las líneas de jornadas enteras que pasan de puntillas. Y creo en el sol, ese que sale algún día por Antequera (o por donde quiera); ese que alivia antes o después las asperezas y las heridas; ese que remolca la valija de las recompensas merecidas cuando llega el momento. Pero hay días en que soy demasiado humana; veces en las que simplemente retorno a las necedades de una infancia ya lejana y pataleo porque quiero lo que no tengo. Y porque se lo quiero dar a ellos.



Tolero los sacrificios que lleven mi nombre escrito. Admito que echo de menos cosas, frívolas y tan terapéuticas como ir de compras un día cualquiera sin mirar los precios o pasar una semana en algún lugar perdido y exótico con sabor a yodo y sal. O hacer una escapada de esas de última hora sin mirar tanto los números de la cuenta. Cuando lo pienso, suspiro y miro a las estrellas. Me siento necia por ser tan superficial. Y continúo con lo que estaba haciendo. Pero negárselas a ellos, ausentarles de experiencias que hacen sus amigos para ahorrar donde se pueda; quitarles de la cabeza el imperioso deseo de pasar unos días en el camping del que tanto se acuerdan; convencerles de que hay que agotar el último hálito de esas zapatillas antes de comprar unas nuevas y otro montón de tonterías más, a veces pesa. A veces esa tontería de apretar el cinturón de manera incesante, para cada gasto, a cada paso, en cada esquina, rasga la camisa. Y las entretelas.

Soy afortunada, afortunadísima. Soy consciente de los regalos que disfruto por estar viva y junto a los míos. Demonios, todavía (y confío en que no llegue el momento) no me he visto forzada a preparar bocadillos de esos mágicos, de pan con pan para que imaginen lo que llevan dentro. Mis recetas son bien otras. Son fórmulas más triviales, más de pasatiempo obligado, a las que recurro para cubrir esos espacios que brotan cuando lo esencial está cubierto, porque lo básico no nos falta. Un lujo al que aspiran demasiados hoy en día. Digamos que mis bocadillos llevan mortadela, menos mal, aunque las lonchas vayan numeradas.

Y lo cierto es que los niños aceptan con total naturalidad muchas más cosas de las que pensamos. Confían en nuestras palabras, en nuestras excusas, en las historias que nos inventamos para protegerles de una verdad que no podrían asumir ni comprender; de una realidad tirante, incierta, escasa que traspasa las fronteras de su entendimiento. Y de su universo de risas, juegos, bromas, héroes, monstruos y dragones, que es donde deberían vivir su infancia. Así que tiro de la cuerda que se conecta a los raíles de mi imaginación para fabricar trenes cargados de magia y de ingredientes nuevos, asombrosos, insólitos, amenos y redactados en el lenguaje de los niños para explicarles por qué eso no se puede y por qué eso tampoco, mientras procuro compensar cada negativa con otra aventura, a ser posible, gratuita. Soy experta en recetas que aplican esa técnica del despiste solo para que no sepan de qué va el cuento al fin y al cabo. Soy una madre, como todas las madres, capaces de hacer lo que sea con tal de protegerles del miedo y de la duda. De la incertidumbre de un futuro al que miramos con ojos nerviosos e intrigados ahora que la estabilidad laboral de antaño pasó a mejor vida. De todo aquello que les haga temblar con preocupaciones que pertenecen a los adultos. De la perplejidad y austeridad que nos arroja esta crisis vergonzosa. Y juego, en cierto modo, a La vita é bella, de Benigni, simulando que hay paz donde estalla la guerra, que todo tiene un sentido aunque no lo tenga.

Y es ahí, en ese espacio coloreado de explicaciones que me invento para mis niños, donde, en ocasiones, se me agota la batería; se me desploman las ganas de volar a lomos de tantas evasivas; se me encarama el tedio y se extingue mi aliento. Justo ahí donde a veces me duele aunque el mío sea un dolor chusco y ridículo comparado con otros que esputa la vida a los pies de tanta otra buena gente sin que le tiemble el pulso. Es precisamente en ese instante cuando escuece el aire que inspiro y suplico un respiro procurando no exhalar lágrima alguna; cuando desearía estallar y gritar que estoy un poquito harta de contar hasta el último céntimo; cuando mi mente persigue un destello de luz en medio de tanta tiniebla. Y, al final, lo encuentra.

Al abrir esos ojos que tenía abiertos sin ver nada, reparo en que tengo una fortuna que, si bien no paga facturas, vale el mundo entero. Y que no importa lo que haga si a ellos no les falta nada, que son grandes, que son fuertes, que son capaces de adaptarse a los más y a los menos si permanecemos juntos, si les abrazo con una sonrisa, si no desvelo mis dudas o mi sufrimiento. Si mis recetas aciertan con la respuesta a sus preguntas; si mis explicaciones de fantasía les convencen; si así ven sus renuncias no tanto como privaciones sino como opciones naturales; si su vida no se ve empantanada con las zarpadas del mundo adulto; si están bien, el resto son tonterías. Aunque haya días que no me lo parezcan. Y pida disculpas por ello.

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