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Ringo ya está en la semana 35 de su gestación. Nos dice la doctora que está acomodado, con la cabeza para abajo mirando hacia mi espalda, lo cual es normal a esta altura del embarazo. Mis horas de sueño se acortan, me despierto ansiosa pensando que ya quiere salir y siento cada vez más cómo mi cuerpo también se va preparando para abrir ese canal por el que él saldrá. Descubro la existencia de los músculos del piso pélvico, mi cadera se ensancha progresivamente como un bandoneón. El bebé pesa aproximadamente 2.600 kg, pero yo aumenté 20, todos directo a la panza. Darme vuelta cuando estoy acostada es una odisea semejante a mover un piano de cola.

Acabamos de hacernos la octava ecografía. Guardo todas las imágenes en un sobre aunque en  casi ninguna se puede descifrar nada que no sean manchas blancas que la ecógrafa de turno se encarga de interpretar.- ¿Ven? Acá se ve la cabecita- nos dice, marcando una zona circular. Hago un esfuerzo de imaginación sobrehumano y luego digo, condescendiente -‘Ahhh… ¡Claaaro!’-. En una sola foto pude ver claramente su patita, que no deja de dar muestras de su fuerza contra mi piel estirada.

Salgo de hacerme los estudios contenta. No parecía un escenario imaginable hace cinco meses cuando nos dieron los resultados del examen genético. Cada ida al hospital era una pesadilla. Los médicos estaban en el podio de mis enemigos más odiados del planeta por haber sido los encargados de darme el diagnóstico. ‘Trisomía 21’ (*) decían, casi en susurro y mirándose con cara de preocupación.



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Ecografía del 26 de febrero de 2015. Pie de Ringo.

La transición del momento de desconcierto, rechazo y  negación a la etapa de aceptación, aprendizaje y apertura a lo nuevo fue un proceso difícil de atravesar, pero no me arrepiento. Llegó el día en el que ir a hacerme los estudios del embarazo dejó de parecerme un pasaje al tren fantasma. Los guardapolvos blancos ya no fueron heladeras dadoras de estadísticas, pude comprenderlos y darme cuenta de que eran tan humanos como yo, viviendo la experiencia junto a mí desde otro lugar.

Ahora se viene otra etapa, después de acunar a Ringo nueve meses en mi útero. -¿Cómo será? ¿Cuándo vendrá? ¿Nos dejará dormir?- me pregunto todos los días, a eso de las 5 de la mañana, y mis ojos ya no se vuelven a cerrar.

(*) Nombre científico del Síndrome de Down

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