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La mejor mamá del mundo

Somos como somos en parte por lo que heredamos. Acogemos en el ancho mar de nuestro abrazo testimonios de los que ni siquiera nos damos cuenta. Sutiles peculiaridades de nuestros predecesores, sobre todo de nuestros padres, que son aparentemente únicas e intrínsecamente suyas, y que se filtran por entre los recovecos de nuestros sentidos a lo largo del tiempo hasta sumergirse en nuestro subconsciente. Y luego, de la forma más inesperada, surgen con una evidencia aplastante, se dibujan delicadamente sobre los pliegues de nuestra cara o se deleitan intangibles en el escenario de nuestros propios actos. Y hasta nos parecen cosas nuestras. Pero si reflexionamos…si encauzamos esa lucidez que alumbra, aunque no siempre, nuestra conducta y le hacemos las preguntas adecuadas, obtenemos respuestas inauditas. Y sí, esa forma de hablar cuando nos enfadamos, esa expresión o el desdén con que espantamos nuestros miedos, ese gesto que nos frunce la sonrisa, esa impaciencia que acciona el rítmico traqueteo en nuestras piernas o la chispa que deslumbra los surcos de nuestras patas de gallo al comer un tomate recién cogido de la huerta…son herencias. Imperceptibles pero ciertas.

Algunas son copias exactas que parecen haberse transferido a nuestro modo de ser y de hacer como una calcomanía del pasado. Otras son precisamente lo opuesto, como si realizáramos un ejercicio de rebeldía interna, en ocasiones incluso consciente, para evitar caer en lo que consideramos errores, vacíos, ausencias dañinas que rechazamos en nuestros progenitores. Y todo ello se nos hace abrumadoramente evidente cuando tenemos hijos. Utilizamos frases que brotan con naturalidad en nuestros labios y, entonces, de repente, nos topamos de bruces con nuestra propia infancia. Se nos viene de golpe a la cabeza la imagen de mamá lanzando los mismos improperios o brindándonos esas mismas palabras de aliento cuando éramos crías. Y pensamos: «de verdad que parezco mi madre».

Y nuestras madres, a su vez, son, de nuevo en parte,  la manifestación de legados previos que recibieron a su vez otros anteriores y distintos y así hasta remontarnos al principio de los tiempos. Pero tantas veces se nos pasa un detalle inadvertido… Porque existe otro ingrediente fundamental en la receta de la maternidad sin la cual no seríamos como somos y nuestras progenitoras tampoco lo habrían sido. Todo lo bueno y todo lo malo que les atribuimos a estas mujeres que nos dieron la vida, todo lo que han hecho por nosotras que ni siquiera podemos imaginar, es también fruto del influjo que sobre ellas han vertido nuestros padres, como sobre nuestros hijos lo hacen los suyos.

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Cada palabra que esos hombres han pronunciado o tal vez callado a lo largo de su vida; cada guiño de complicidad que han regalado o sacrificado, hiriendo así con su torpeza; cada instante de comprensión o cada resoplido con el que han exigido ser incuestionables; cada sonrisa o cada agravio, cada promesa consentida o cada pacto que han desterrado al fondo de ese armario en el que apenas tienen sitio; cada roce de piel provocado por el azar y que han aprovechado o cada escalofrío que su ausencia ha esputado a los pies del lecho conyugal; cada susurro de amor que han inventado bajo una luna de invierno o cada impío verso que han arrojado sin siquiera darse cuenta. Minúsculas, imperceptibles gotas de ese complejo océano que forma su personalidad y que han ido calando, empapando, virando, cambiando, generando pensamientos y emociones en nuestras madres. Sentimientos que les han hecho llegar a ciertas conclusiones o a dudar de otras. Que les han espoleado a actuar de una u otra forma en un determinado momento, a tomarse las cosas de una u otra manera, a hallar la calma o a explotar en un infierno. A ser distintas personas. Y a serlo también en su propia casa…

Quizá por eso, en ciertos momentos, han sido madres más pacientes porque han sentido el recio y masculino aliento de sus consortes sosteniendo sus espaldas. A lo mejor simplemente se han vuelto locas y han sucumbido a la ira ante las chiquilladas de sus niños solo porque se sentían muy solas. O se han acurrucado en la bondad de sus risas inocentes y traviesas porque ese día habían amanecido con los restos de una noche de pasión. Y se sentían tan queridas. Tal vez no han aprovechado suficientemente el tiempo junto a sus criaturas porque han sucumbido al punzante recuerdo de una inesperada pelea de alcoba. O puede que, sin pretenderlo, hayan quemado las patatas fritas de la cena de los críos porque no podían evitar darle vueltas al regalo del día de los enamorados… Para bien y para mal, han sido las madres que han sido por ellas mismas y, también un poco, por lo que han sido ellos a su lado.

Así que cuando, de forma tan espontánea y genuina, mis niños me dicen, mientras entrelazan sus ojos con los míos: «eres la mejor mamá de todas todas…» pienso en que todo eso que les ofrezco; en todo eso por lo que tantas veces me culpo y por lo que escupo al cielo de mis penas pensando que no es suficiente ni bueno;  en todo eso que, al fin y al cabo, no parece ser tan malo. Pienso en que hago lo que puedo; en que doy lo mejor que tengo aunque a veces sea tan irrisorio y tan frágil; en que no debo de ser tan torpe como a veces temo si mis pequeños me arropan con esas palabras cálidas, mágicas, tan hermosas. Y pienso en que parte del mérito no es mío. En que lo que soy como madre es en parte gracias a la mía y gracias a lo que, a través de ella, he recibido de mi padre. Me reconozco en ellos cuando menos lo espero y  la mayor parte de las veces me pasa desapercibido. Pero agradezco cada pizca de esa herencia sutil e innegable que me han brindado y que me guía aunque yo no lo sepa. Agradezco cada minúscula e imperceptible gota, de ese universo inmenso tan suyo, que ha impregnado mi alma y que ha calado en el fondo  de mis entrañas. Y que, en parte, me ha convertido en la mejor mamá del mundo.

Por eso gracias mamá. Gracias papá (si me escuchas donde quiera que estés).

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