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Menos mal que están ellos

Hay veces en que la vida te atiza en plena la cara, como un tornado sanguinolento que te araña las entrañas y te arrebata, de cuajo, un pedazo de ti. Sientes que no sientes nada porque has quedado paralizada por un revés inesperado, violento, fatal. No comprendes ni por asomo cómo es posible que ocurra algo así. A pesar de que lo has contemplado un millón de veces por la televisión; a pesar de que ha sucedido al vecino o al conocido de aquella amiga que te lo contó espantada; a pesar de que te lo han repetido hasta la saciedad, de que lo has estudiado en el colegio, de que supuestamente lo tienes muy presente… Y, sin embargo, no te parece que pueda ser verdad. Que te cuenten que a alguien a quien amas con todas tus fuerzas se le escapa la vida por entre los dedos; que te miren a los ojos y te vapuleen con palabras, acicaladas por la ciencia y el conocimiento empírico, anunciando que no hay nada que hacer. Que el cáncer lo está devorando, haciéndolo suyo, reduciéndolo a añicos que luego alzarán el vuelo y desaparecerán; que tan solo puedes acompañarle, estar ahí, asistir al devenir de los desperfectos que la enfermedad está provocando en ese cuerpo dolorido que parecía, sin embargo, estar tan bien. Que tan solo puedes abandonarte al navajazo que aniquila tu corazón. Que te lo digan, que te lo anuncien, que te lo muestren, hiere lo que no sabías que podía doler.

En ocasiones te preguntas qué demonios pasa con el mundo, si se ha vuelto loco, si ha sucumbido a la inercia de un veneno indómito y cruel o si ha sido aplastado por las fuerzas de un mal sobrecogedor. Y sí, te revuelves y te rebelas contra todo como no lo has hecho por toda esa gente retenida tras la pantalla de la tele de tu salón. Miras al cielo, si logras abrir los ojos empañados por lágrimas que se te antojan guijarros, y esputas tu rabia y tu impotencia. Ni que fueras a obtener respuesta…Caes en picado por la curvatura de un dolor demasiado hueco y oscuro. Pierdes las alas, la sonrisa, el color en las mejillas, el compás de tus latidos que se han quedado atrás. Se detiene el tiempo mientras tus pupilas distinguen a todas esas personas de ahí fuera que van y vienen, que suben y bajan, que hacen, que deshacen, que continúan adelante como si todo fuera tan normal cuando tu vida se ha rasgado por la mitad…

menos mal que estan ellos

Parece mentira. Es un agravio contra natura que se merme la vida de una persona antes de tiempo. Antes de viejo, como enseñaban en la escuela. Y, si alguna parte de ti permanece algo consciente, reconoces que siempre puede ser peor; que existen tormentos más acuciados, insoportables, despreciables. Conoces, de hecho, algún que otro caso acaecido no muy lejos de ti y lo revives en tu mente como en una lejanía absorta y surrealista. Visualizas los rostros sufrientes de aquellos otros que padecieron tanto más que tú y un poco te aturde el hecho de que sigan con vida. Sin embargo, no puedes evitar regresar al cubil de tu propia pena. Pateas la tierra que aún sostiene tus huesos y no cejas en el empeño de hallar un sentido que, tal vez, nunca encontrarás.

Y mientras tanto presencias el sufrimiento, la agonía, la amargura, la soledad. Palpas el gélido hálito de la muerte que ronda la estancia. El vacío. La negación. La locura más absoluta fruto de ese engranaje tuyo mental que impugna cada uno de los síntomas que sobrevienen, cada uno de esos efectos dolientes de la enfermedad que afloran uno detrás de otro, sin freno alguno. Y te repugna cada uno de los instantes de dolor que retuercen el gesto y la mirada de tu ser amado. Alzas las manos y abrigas las suyas. Le miras. Le hablas sin acertar a soltar vocablo alguno. Os despedís mientras rebuscáis desesperadamente por entre las sábanas, por entre los huecos de vuestras almas, por entre las grietas de las estrellas, un sostén que, por milagro, os rescate de la pesadilla. Lloráis silencio y agua salada. ¿Cómo es posible que no se pueda hacer nada?

Después imploras que el padecimiento llegue a su fin, que no se extienda en el tiempo innecesariamente, que no se dilate, que paz no le falte. Y resistes y embistes contra ti misma porque no puedes creer que estés deseando que termine. Dios mío, tú que le quieres tanto… Con suerte, sucede contigo presente y con quienes lo aman sujetando su mano y sus dedos casi fríos. Las nubes sobrevuelan un firmamento impío y eterno mientras contemplas esa última lágrima que sella la despedida. Se ha ido y tú, en medio de esa habitación aséptica y simple, resbalas por una pendiente que te conduce inexorablemente al abismo.

menos mal que estan ellos amaia de prado

Cuando llegas a casa tus hijos te preguntan qué ha pasado. Observan detenidamente tu rostro; tus ojos desconsolados que revientan de tristeza, tu semblante débil y tembloroso que apenas puede abrir la puerta; tu boca rota y tu pelo enredado. Saben aunque no sepan. Distinguen la verdad más allá tu estampa torpe, mutilada, vencida. Tan triste. Y tú, tratando de recordar a tus pulmones que atrapen aire de donde puedan, se lo cuentas. Tal cual. Sin tapujos ni embrujos de fábulas inciertas. Sin rodeos ni ornamentas para que entiendan, a su modo, que todos morimos. Sencillo, claro, neto, lacerante. Entonces, arrojan su llanto al lienzo de tu abrigo y os fundís en un abrazo que parece de otro planeta. Tan vivo. Tan hermoso. Tan idílico en un mundo que, ahora mismo, se te antoja injusto y feroz.

Con las creencias, pensamientos, pilares y cimientos de tu existencia en tela de juicio, te dejas agasajar por ese achuchón prieto y delicado. Escuchas sus voces dándote ánimos y diciéndote: « tranquila, mamá, cuando vuelva a crecer lo volveremos a ver»… como si no hubiera motivo para esta apremiante tristeza. Tanta ternura, hilada como por arte de magia en tan pocas letras, te sorprende y hasta obliga a tu boca a forjar una sonrisa. Piensas «menos mal que están ellos para brindarme el valor que ahora no encuentro »… Te conmueve ese argumento tan ingenuo y disparatado y te preguntas de dónde lo han sacado. De un sombrero, de un sueño, de un recuerdo sideral…Tal vez de ese mundo ideal en el que viven sin apenas darse cuenta; de esa dimensión única y pasajera, aparentemente ilógica e insensata, en la que parece que todo tiene solución…en la que todo discurre con naturalidad…incluso el dolor. Tal vez de ese mundo cándido e inmaculado en el que todavía habitan, y en el que, en estos instantes, desearías con todas tus fuerzas poderte refugiar… Así que, aferrando esas manitas que todavía caben en las tuyas, atiendes el susurro de su voces que se abren camino hacia tus sentidos…abandonas el plañido de tu alma al burbujeo de sus palabras de aliento como quien se deja abrazar por un bote salvavidas…Y piensas, una y otra vez, como un mantra surgido de un sueño para no volverte loca: «menos mal que están ellos, menos mal que están para alzar el vuelo de mis alas rotas»…

Fuente de las imágenes: Pinterest

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