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Ser mamá

Morderme la lengua

Mi hijo mayor ha comenzado Primaria. Está emocionado a la vez que nervioso. Desconozco las pinceladas exactas con que su imaginación ha pintado el lienzo de esta nueva y apasionante etapa de su vida (al menos así lo siente por el momento) pero temo que, con el tiempo, sus fantasías se desmoronen entre los bolsillos de su mochila como aquellos castillos que intentó construir con servilletas de papel mojado.  Siento mi sonrisa, que acompaña a la suya, en su primer día de escuela, patinando torpemente por las comisuras de mi boca como queriendo disimular mis miedos y mis dudas. Sonrío pero un poco no lo hago. Le miro y admiro el coraje y el brío con que afronta algo tan novedoso y distinto aunque me confunde, sobre todo, porque yo fui una niña que odió ir al cole desde que pisó el primer aula. No obstante, como madre me siento impelida a avivar el fuego de esa energía deslumbradora y positiva que posee;  a brindarle todo mi apoyo y a alimentar su amor por el estudio. Aunque la niña que llevo dentro no lo entienda.

La verdad es que no sé qué me inquieta más: si el hecho de que podría extinguirse su emoción inicial al comenzar las tareas y descubrir que no siempre apetece hacerlas, ni son fáciles, ni son tan breves ni tan buenas. O el hecho de que, personalmente, no me identifico con el cuadro tan habitual del progenitor que se sienta junto al crío, cada tarde, para vigilar, ayudar o soportar el vía crucis de los deberes. Porque a mí a veces me lo parecen. Si ya en mi niñez se me antojaban un castigo (y eso que fui una muy buena estudiante), imaginémonos ahora el tembleque que me entra de pensar que la historia se repite en otras circunstancias y en otros tiempos. Digamos que entiendo que existan y que tienen su lado bueno. Que ayudan a crear hábitos de estudio; que forjan seres responsables; y que, además, no ocupan (o no deberían) tanto tiempo. Que son una rutina necesaria, parte inherente al proceso y progreso escolar… Todo esto lo veo. Y no voy a entrar en si son muchas o pocas, en si hoy en día se abusa de ellas o no, en si hemos asistido al florecimiento de toda una generación de padres-estudiantes que terminan por participar en los quehaceres de sus niños o en si hay que priorizar las actividades extraescolares si se pasan con las otras…

El tema da para mucho. Yo solo sé que no tengo ninguna gana de dedicarme a supervisar las tareas de mi hijo como si fuera una obligación, parte intrínseca de mi jornada, cita ineludible o exigencia moral de buena madre. Tal vez no sea tan buena ni tan sabia. Porque, que yo recuerde, mis padres no destinaban parte de su día a controlar, corregir o incluso hacer lo que se suponía que era responsabilidad mía. Que yo recuerde, me explicaban los problemas que no entendía pero en ningún momento suplían mi falta de interés, capacidad o madurez si es que la había. De hecho puede que ni supieran cuáles eran los deberes que tenía que hacer ni cuándo debía presentarlos. O, si lo sabían, nunca me lo dijeron. Eran asunto mío. Y si no los hacía, era yo quien asumía las consecuencias en primera persona.

Dejando de lado las situaciones en que la criatura tenga dificultades particulares, no veo por qué debería incluir en mi agenda ese rato de estudio que, en el fondo, no me pertenece. Para echar una mano, estoy siempre disponible. Para convertirme en ese sostén continuo e innegociable que pueda crear una dependencia en mi hijo, no tengo tiempo. Ni deseo alguno. Y, a pesar de todo el convencimiento con que siento mis palabras, no puedo evitar preguntarme si me estoy perdiendo algo. Si, por casualidad, no estaré contribuyendo a la merma de las posibilidades de éxito de mi niño. Si, por no postrarme a las costumbres y demandas de una realidad que marca un trepidante ritmo, no estaré ralentizando el suyo. Si por no construir esa maqueta o por no hacer esa búsqueda en internet o por no corregirle las sumas antes de ir a clase, estaré colgándole la etiqueta de mal estudiante. Y a mí el de mala madre. Si, por dejar el timón de este buque cargado de deberes tan solo en sus manos, no estaré dejando a mi pequeño navegar a la deriva. Y mi corazón pegado a los borrones de sus lágrimas de frustración.

Como en tantas de las cosas que nos echa encima la maternidad, no hay nada escrito. Podemos recurrir a las teorías y a los expertos, a los consejos de aquellos más formados y experimentados. Podemos mirar alrededor, observar lo que hace el vecino, capturar las formas que más se acomodan a nuestros valores, ideales, opiniones. Y hacerlas nuestras. Podemos zambullirnos en la sabiduría que empapa todos esos libros que pueblan la web o las bibliotecas. Y dejarnos llevar por el instinto o por la solidez de los argumentos. Podemos luchar contra la horda de nuevas costumbres e intentar no ser abatidos al no seguir la corriente. Podemos aferrarnos con ambas manos a nuestras propias convicciones sin dejar resquicio alguno para nuevos principios. Y mantenernos firmes en nuestras posiciones. Podemos estar seguros de lo que hacemos y queremos o, como la mayoría de las veces, tener la seguridad tan solo de que hacemos lo mejor que podemos.  Y pensar que ojalá acertemos.

Por mi parte, y por el momento, me detengo en la idea de la vieja escuela. De aquella generación, que fueron mis padres, que, por distintos motivos, amarraban la responsabilidad de las tareas a nuestras espaldas y nos espoleaban para emprender nuestro camino. Nunca perdían nuestro rastro y eran los primeros en atender nuestras peticiones de socorro. Nos contemplaban aparentemente de lejos y trataban de interferir lo menos posible con sus actos. Procuraban que, en su omnipresencia, parecieran invisibles. Aunque jamás nos abandonaban. Y nos hacían creer que estábamos solos asumiendo un compromiso que, en realidad, también ellos custodiaban. Eran como esos héroes encubiertos que pasan desapercibidos ante la gente pero que se mantienen siempre alerta por si surgiera cualquier problema o contrariedad. Llaneros solitarios surcando el horizonte, en la sombra agazapados, y dispuestos a proteger al indefenso en cualquier momento. Semidioses capaces de descender a nuestro lado en apenas un instante si los necesitábamos. Aunque jamás nos pareciera que estuvieran tan cerca.

Tal vez la realidad me obligue al final a volver sobre mis pasos y a modificar ligeramente el perfil de mi promesa. Tal vez no pueda ser tan independiente aunque quiera o deba serlo menos de lo que quisiera. Tal vez algunas tardes me ría de mi misma por estar auxiliando a mi hijo con esas tareas que, de niña, me llevaban de cabeza. Quizá me pregunte qué fue de aquel convencimiento con que comencé a escribir estas letras. O puede que ni recuerde que nunca se puede decir nunca, especialmente si tienes hijos. Tan solo puedo estar segura de lo que quiero aquí y ahora, aunque me equivoque. Tan solo puedo ser consciente de mi decisión hoy, aunque luego las circunstancias me la cambien. Así que, por el momento, voy a enfundarme una máscara y una capa que ocultaré bajo una apariencia de lo más normal. Ocultaré mi identidad y fingiré no estar aunque no me vaya. Evitaré a toda costa convertirme en cómplice de sus tareas diarias para ser simplemente comodín, protectora en la sombra. Y si después debo colgar mi traje de luces para hincar los codos… ya veremos. Lo que está claro es que, para que mi niño salga adelante, haré lo que haga falta. Incluso morderme la lengua.

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