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Perdóname. Lo siento. Te amo. Gracias

Siento cada pensamiento cojo y lánguido que he tenido y tengo ante ti; cada llaga del pasado que abro sin quererlo bajo el fulgor de tu cándida mirada; cada infecundo instante que disperso y pierdo sin siquiera inmutarme. Sin hacer nada para evitarlo. Lamento desaprovechar inútilmente ese tiempo que la vida me brinda a tu lado para invertirlo en preocupaciones sobre un futuro incierto cuyos augurios me ciegan alejándome de esa sonrisa que has derramado ahora sin previo aviso. Que yo, una vez más, he perdido sin darme cuenta. Siento emborronar tu estampa con mis gritos y mis quejas, con el acoso de mis palabras prietas que te instigan a hacerlo todo más deprisa; que te apremian a ordenar, a hacer, a guardar, a cumplir, a ponerlo todo derecho, a ser casi perfecto.  Que te confinan entre las cuatro paredes de ese mundo rígido y estricto del que me cuesta tanto poner un pie fuera. Que extravían tu risueña charla entre los pasillos de la casa mientras pongo a punto la colada y finjo que te atiendo como realmente mereces. Siento, tantas veces, no estar realmente presente.

Perdóname si, en cierto modo, te abandono y dirijo mi atención a mis propios asuntos. Si lo hago con demasiada frecuencia o con exceso ahínco. Si te despacho con un «venga, vale» solo por no detener el ritmo que he prefijado para el día y que podría, sin lugar a dudas, mandarlo al carajo para estar un rato más contigo. Disculpa si, en ocasiones, desciendo por el despeñadero de mis obligaciones como si fueran la única verdad a la que aferrarse para que todo tenga un sentido cuando, en realidad, lo que importa es que estamos bien. Es que estamos juntos. Perdona si lo olvido recluyéndome en mis propias penas o si pienso en negativo dejándome atropellar por el miedo de que caiga sobre nosotros una blasfemia que nos lo quite todo, que nos arranque el alma de un mordisco.

Perdona, hijo mío, si a veces me sobra tu presencia aunque sea solo un poco. Si me atrevo a cultivar, bajo el arco de mi pelo, el pensamiento de que quiero estar un rato sola. De que deseo desterrar muy lejos de mi lado tus sollozos, tus ruegos, tus exigencias, tus comentarios, tu cháchara infinita, porque se me antojan un fusil apuntándome las sienes. Y yo no tengo ni las botas puestas. Perdona si no aguanto el atropello de tu parloteo incesante que perfora el calmo pálpito de mis venas o si me inquieta la imagen de tu cara inquiriendo una cosa tras otra como si nada te bastara. Si me devora las entrañas verte ahí parado toqueteándolo todo, haciendo ruido, pidiendo, riñendo con tu amigo, desquiciándome lentamente en unos instantes que me parecen ciento. Si me hartas y reviento, lo siento, tesoro mío.

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Bríndame tu perdón para todas esas tuertas y alteradas palabras que te lanzo cuando se me ha agotado la paciencia; cuando no he respirado hondo; cuando no he hallado la manera de permanecer adulta ante el disturbio propio de un crío, que es lo que, al fin y al cabo, eres. Cuando me han faltado recursos para sacar mi ánima a flote y he olvidado flotar zambulléndome en un charco travestido de océano. Cuando no he sido lo suficientemente madura para lidiar contigo y me he asfixiado en un vaso vacío que se me antojaba atestado de males y me cegaba con su reflejo perdido. Cuando no soy de nada lo bastante, perdóname.

Yo te amo. Y amo cada pizca de tu ser endiablado, no lo dudes. Venero cada sonrisa y cada gesto; cada palabra; cada enfado; cada lágrima que desparramas por rabia o por tristeza; cada dibujo con piratas y dinosaurios; cada nota que escribes para hacer las paces o para no olvidar quién cumple años mañana. Adoro tus orejitas y tu boca de terciopelo; tu piel tersa y bañada o sucia por el polvo que ha traído el viento. Tus dedos finos, hasta con las uñas largas y descuidadas y tus pies cansados, transpirando el esfuerzo de todos tus juegos. No hay nada que de ti escape al reino del amor que te profeso. Nada que explique con palabras cómo mi alma está ligada a la tuya hasta el fin de los tiempos.

Por eso, te doy las gracias, cielo mío. De la mejor forma que sé. A pesar de mis tormentas y de mis zancadas torpes, de mis pasos encorvados o de mis monumentales errores, de mi flaqueza humana que no alcanza para nada los dominios de la perfección. Te agradezco que estés aquí conmigo. Que hayas alcanzado mi vera como hiciste en su día. Que me hayas elegido para  desembarcar en este mundo complicado que, como ves, en tantas ocasiones se me escapa de las manos.  Gracias por no perder la confianza en esta, que es tu madre, y por seguir buscando sostén en el cuenco de mis brazos. Por seguir recogiendo flores para enredar en los bucles de mi cabello y por rociarme las mejillas con tus mimos. Por no guardarme rencor y comprender que yo también me enfado y que, no por eso, nunca,  te quiero menos.

Gracias por sacar a la luz lo mejor de mí y  por revelarme lo que no hubiera creído posible lejos de tu cortejo;  por descubrirme un amor cuya grandeza podría cambiar la órbita de los planetas como ha cambiado mi vida entera. Gracias, por qué no, tirar afuera el monstruo que llevo dentro, ese esperpento que abulta mi garganta y encarama mi voz a las alturas, que abre un abismo entre nosotros mientras esputo mi enfado contra la nada. Gracias por hacer que lo vea y no tenga otro remedio que hacerle frente con la espalda tiesa. Por obligarme a darme cuenta de todas esas cosas que necesito pulir para enriquecer mi existencia. Por ofrecerme tu perdón sin que te lo pida. Por sonreír cuando he perdido la razón. Gracias por esa fuerza tuya que deslumbra a pesar de tu corta edad, por tu pureza y perseverancia, por tu alegría, por tu paciencia, por tus sueños locos, por tus muecas de júbilo, por tu naturalidad. Gracias por contagiarme el optimismo que surca las aguas de tu espíritu atolondrado, por aceptar el caluroso arranque de mis afectos que te pillan desprevenido, por ser generoso con tus besos y corresponder, con el estrecho e inmenso arco de tus brazos, mi más sincera declaración de amor. Gracias, cielo mío, por hacerme mucho mejor de lo que soy.

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