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Polvitos mágicos

Mentir o permitir que sigan creciendo. Mentir o dejar que se atraganten con esas certezas que nos ponen a todos boca abajo y nos hacen escupir miedos hambrientos para los que algunos, a falta de fe, ya no encontramos mendrugos de pan duro que arrojarles al morro. Mentir o prolongar, aunque sea un poquito, la magia de un universo paralelo, hermoso, liviano, que no entiende de muerte, ni de enfermedad, ni de sufrimiento de ese que no te hace más fuerte. Mentir o extender un añito más su reino repleto de flores que crecen y que viven eternamente para espantar a esos monstruos que irrumpen sus noches y aterran sus ojitos con malos sueños.

Este año uno de mis hijos ha pedido polvos mágicos a los Reyes Magos. Una sustancia comestible para que su mamá no muera, para que su papá permanezca siempre a su lado y para que no falte la abuela, porque el abuelo ya se nos fue hace poco y antes de tiempo, para que se queden sus primos, sus tíos y toda su gente y nadie sufra. Para que nadie fallezca de nuevo. Y a nosotros, sus padres, no nos ha resultado nada fácil afrontar esta petición. ¿Cómo explicar que Melchor, Gaspar y Baltasar, milenarias majestades en las que cree ciegamente, son incapaces de satisfacer algo tan sencillo? - ¿Cómo hacen ellos sino para vivir eternamente?- nos inquiría. Y nosotros, sus padres, nos preguntábamos cómo interpretar el papel de Magos de Oriente sin romper el hechizo que se iba a desbaratar antes o después. ¿Cómo actuar sin desvelar la naturaleza real de esta tradición antes de lo estrictamente necesario?

Por un lado, pensamos que, total, ya tendría oportunidad más adelante de descubrir esta evidencia terrenal; que ya crecería; que ya arrastraría la confirmación de la mortalidad el resto de su vida adulta. Porque la madurez también consiste en cargar con este peso constante. Hay quienes alivian el lastre con la religión, con el nihilismo, con un mirar para otro lado...Los modos del ser humano para abordar la caducidad de su existencia en este planeta son infinitos, personales, intransferibles. Y nuestro hijo, concluimos, encontraría el suyo a su debido tiempo. Así pues, dado que a la cruda verdad iba a llegar de forma inexorable, ¿qué había de malo en aliviar sus llantos nocturnos y su angustia vital con una cajita con limadura de chocolate de fresa y purpurina de caramelo? ¿Qué daño podría causarle encontrar junto al zapato unos pequeños frascos colmados de dicho brebaje para repartir entre los suyos¿ ¿Por qué no ofrecerle la posibilidad de pensar que, por fin, estábamos todos a salvo?



Por otro lado…¿hasta qué punto nuestro afán de protección podía ser contraproducente? ¿Hasta qué punto la caída podría ser después más fuerte? ¿Acaso nos engañaron a nosotros de críos? ¿No era nuestra responsabilidad paternal decir siempre la verdad, por dura que fuera?Así que la solución, parecía que era la de escribirle una carta, en nombre de sus adorados Reyes, explicando que eran incapaces de cumplir su deseo porque la inmortalidad estaba reservada solo para unos pocos como ellos; que vivir para siempre no era propio de los seres humanos...Un mensaje que le revelaría, de modo algo borroso, que éramos seres inferiores, que nuestra existencia no valía tanto la pena como la de otros... ¿Era eso lo que queríamos?

Se batían en duelo nuestra razón y nuestros corazones. Una voz nos empujaba a hallar como fuera la manera de frenar esos llantos que lo hacían enloquecer en plena madrugada; a detener esa rabia que lo hacía esputar su pánico gritando que él no quería morirse; a desterrar ese sufrimiento para el que todavía era demasiado niño...Otros susurros nos impulsaban a ser sinceros; a aceptar que tan solo nos quedaba sujetarlo con nuestro abrazo en sus delirios y ceñirlo fuerte con nuestros besos mientras una profunda impotencia sellaba nuestras bocas de un zarpazo. A admitir que, esa vez, no podríamos decirle «eso son cosas que se cuentan por ahí, hijo mío»…

Una batalla que, seguramente muchos padres, no habrían tenido que afrontar en nuestro lugar. Quizá por tener las ideas más claras, quizá por tener más experiencia, quizá por ser más sabios o más lúcidos o más de eso que nosotros no éramos en ese momento. Y tras intensas, desconcertadas, variadas y algunas que otra disparatadas reflexiones, decidimos salvar el cuello con una alternativa intermedia. Un regio escrito que mostrase humildad para reconocer las propias limitaciones. Unas palabras en las que los Reyes reconocieran que no habían sido capaces de dar con esa pócima salvavidas y que no siempre podían hacer realidad los deseos. Pero con la promesa de que lo seguirían intentando. Así que la mañana del 6 de enero se encontró una hermosa tarjeta navideña con esta versión firmada por sus majestades...y, ¡para qué mentir!, quedó algo decepcionado...

Quizá para cuando llegue la próxima Navidad no se acuerde de incluir estos polvos mágicos en su lista de regalos. Tal vez, para entonces, haya superado el desconsuelo de ser perecedero o haya cambiado su orden de prioridades y prefiera una de esas Nintendos o PS4 que pienso que van a tardar muchísimo en alcanzar el pie del árbol...Puede que, con suerte, se entretenga más con sus menesteres cotidianos y su hipersensibilidad afloje la cuerda un poco….Y que, durante un buen trecho, no pierda a nadie más por el camino… Para que las aguas se calmen, para que la tormenta arrecie, para que cobre más importancia la vida sobre la muerte.

Y es que hay asuntos superficiales para los que imaginación no me falta. La fantasía precipita las respuestas sobre las comisuras de mis labios y estos hablan aunque yo no los entienda. Me divierto con ello y alimento, tanto como puedo, su creencia de que, en este mundo, magia no falta. Magia en los besos de nuestro besayuno, en las cenas en familia, en esos chistes que lo hacen explotar a carcajadas, en las sumas que hace bien, en el gol que por fin ha marcado, en su fiesta de cumpleaños,...en todas esas pequeñas, sutiles, casi imperceptibles cosas que dibujan una curva en su mirada. Pero hay otros temas en los que me cuesta encontrar ese encanto y brego, a duras penas, por darle una respuesta acertada...

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