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Soy madre. Y seguiré siéndolo

Si me lo hubieran preguntado a la edad de 5 o 6 años hubiera respondido que correr a la velocidad del rayo, dar la vuelta a los cromos de un solo revés, saltar con los pies juntos y a ojos cerrados o subirme a una valla de medio metro sin caer. No hubiera dudado ni un segundo. Aquello que me hacía sentir más orgullosa de mí misma lo sabía bien.  Pero luego fui creciendo, madurando, afrontando nuevos retos que pusieron de manifiesto otras destrezas, que  elevaron mis niveles de exigencia, que dieron forma a un incipiente espíritu de crítica y que mutaron las bondades de las que presumía por otras de mayor voltaje.

Así, con 10 y 12 años mi respuesta se canjeó por otra bien distinta. Como ocurrió cuando di los primeros pasos en el complejo tablado de la adolescencia. Aunque, entonces, las dudas eran tantas y tan severas sus mordidas que, probablemente, no tenía para nada claro qué era lo que de mí me enorgullecía…Si es que algo había.  En cualquiera de los casos, con la suma de los años fui esculpiendo nuevas conclusiones para la misma pregunta.

Que si haber aprobado un difícil y endemoniado examen; que si haberme atrevido con aquél vestido; que si haberme sentido fuerte para defenderme de los insultos de otros críos o haberme lanzado al primer beso; que si haber conseguido mi primer trabajo o haber comprado cualquier cosa con ese primer sueldo. Que si haber superado una entrevista que parecía estar ideada por el mismísimo diablo, haber conducido mis primeros cien metros sola y temblando como un merengue, haberme repuesto de un aciago desamor y haberme desecho de los malos amigos o  haberme convertido en esa mujer que sabe lo que quiere a pesar de lo que le digan…

Fueron incontables las situaciones que fui cruzándome por el camino y que me brindaron la excusa para darme unas orgullosas palmaditas en la espalda.  Que me ofrecieron motivos para sonreír, para alegrarme y demostrarme que era capaz de algo, aunque no fuera importante; para hacerme creer que yo no era peor ni más lenta, ni más cobarde ni más aburrida. Para conocerme un poco mejor. Pero todas ellas, por muchas que sean, palidecen, se vuelven tonterías y se precipitan como castillos de naipes, se desmoronan ligeras como las trivialidades de una vida que son como las de cualquier otra. Se quedan atrás, se emborronan y desvanecen.  Todas esas razones que me satisficieron  en el pasado dejan, de golpe,  de tener verdadero sentido y señalan un único dueño de mi honor y de mi orgullo…Me miro hacia dentro y veo…

ser mama trabajo

Ser madre es, sin duda alguna, el mayor y más colosal de todos mis logros. Y serlo no es solo el haber parido. Aunque también. No es solo el haber engendrado otro cuerpo, con sus huesos y sus entrañas, a merced de una generosa naturaleza que finalmente permitió que todo fuera bien. No es solo el haber consentido que todo mi organismo se convulsionase y transformase en una explosión de vida sin precedentes. Y sin control alguno por mi parte. No es únicamente el haberme colocado en primera línea de fuego de frente a mis fantasmas, a mis más recónditos temores, al dolor, al terror a lo desconocido. No es solo el haber sentido el descenso de otro ser a través del mío.

Ser madre ha sido y es mucho más que eso.  Es haber derramado sentimientos, experiencias, éxitos y fracasos contenidos en una criatura viviente; haber engendrado una persona que inundará de su existencia el mundo. Es entregar a este planeta todo un universo de posibilidades concentradas en un nombre que influirá en todo aquello que le rodee. Y ojalá que siempre para bien…Es posar sobre la tierra un big bang de pequeñas o grandes dimensiones que ocupará un espacio, que afectará a otras mentes y corazones, que sonreirá iluminando con su alma los planetas. Es sembrar el futuro y, para algunos, responder al instinto de supervivencia. Para mí, es el mayor ejercicio de amor que pueda hacer un alma en este viaje finito que nos impregna.

Que me digan si hay algo más grande que la vida.  Que me convenzan que hay mayor milagro que este o que alguien ha inventado una proeza superior. Que me nieguen que hay una aventura más grande que la de crear, criar, guiar, aconsejar, respetar, instruir, educar a unos hijos. Hacer de ellos buenas personas. Ofrecerles las herramientas justas para lograr que sean felices.  Evitar que se despeñen por turbios escollos o que sucumban a tentaciones mortales; conseguir que sepan manejarse sin nuestra ayuda. Que me tienten si tienen en mente cualquier cosa mejor que esto.

Lo dudo. Diría que la mayor parte de la gente estaría de acuerdo en admitir que nada hay que lo iguale. Y, supongo, que todos comprenderían que dijese que, precisamente ser madre, es aquello que suscita en mí el sentimiento de orgullo más intenso, arrebatador e innegable que jamás haya podido o podré experimentar. Es algo tan único, tan indescriptiblemente especial, tan de otra dimensión, que sospecho que ninguna otra experiencia podrá nunca equipararse a esta. Y sí, podré hacer mil cosas más en los años que me queden y sentirme satisfecha por ello. Pero nada será tan extraordinario, arduo, asombroso, mágico, comprometido como la empresa de la maternidad.  Y expreso mi regocijo a los cuatro vientos, allá por donde vaya, sin exageración ni recelo alguno.

Ahora bien…Me pregunto por qué, si se trata de mi mayor motivo de orgullo, debo ocultarlo, minimizarlo, maquillarlo, reducirlo a cero, a un peso, a una carga, a una molestia, a un estorbo, cuando se trata de acudir a una entrevista de trabajo….Por qué, en el entorno laboral, lo más prodigioso en la vida de cualquier persona, se menosprecia, minusvalora y desdeña…Por qué, apoltronados en sus cómodas sillas de ejecutivos, comentan entre los suyos lo bello que es ser madre o padre al tiempo que lo consideran un argumento en contra de aquellas mujeres que buscan empleo. Por qué juzgan la misma experiencia por distinto rasero, por qué para quien se sienta al otro lado de sus mesas la maternidad es solo un lastre que impide afrontar las tareas con implicación, que no permite demostrar de lo que se es capaz, que implica poca dedicación…Por qué solo cuentan las horas que puedas invertir en sus empresas en lugar de tus cualidades y bagaje como profesional y como persona. Por qué tanta hipocresía. Por qué se preguntan por la falta de natalidad si son ellos los que ponen trabas…Por qué se llevan las manos a la cabeza ante la ausencia de niños en la escuela, ante la falta de futuros trabajadores que alimenten las pensiones venideras, ante la inexistencia de un mañana sostenible y joven. Por qué no miran a su alrededor. Por qué no comprenden que el porvenir depende de que las madres sigamos siendo madres. Y que no por ello nos volvemos incapaces…

Me pregunto tantas cosas…tal vez demasiadas. Y sigo mirando al frente. Aunque no halle respuestas en medio de esta jungla repleta de demagogia y farsa, nada cambia las razones por las que me siento la mujer más orgullosa del mundo. Nada cambia en la esencia de mis entretelas. Y me río un poco por no llorar…Sobrevivo, a pesar de todo, sujetando firme el mástil de esta barca, que navega entre el desengaño y la indignación.  Insisto en mantener alta la cabeza y en no quitar importancia a algo que la tiene. Me empeño en confesar, sabiendo las consecuencias, que no permitiré que aceptar las responsabilidades de un trabajo coarten las que tengo en casa. Al menos, por el momento, puedo permitirme decirles alto y claro: soy madre y pienso seguir siéndolo.  

Será por eso que después nunca llaman.

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