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Un poquito mío

un poquito mioAhí está… lo observo tras la ventana empañada por todo el tiempo que ha pasado desde su nacimiento y que ha transcurrido sin darme cuenta. Por todos esos instantes a su lado que han volado sin decir nada y que, ante mis ojos, se han henchido de tanta vida. Camina y avanza. Y lo hace con la impetuosidad de un niño de 6 años. Se detiene sin motivo y se entretiene con esa montaña de hojas mustias que ha apilado el otoño por todo el parque, como si quisiera invitarnos a sortear las prisas y a jugar un poco. Y él accede. Con una patada a lo tortugas ninja las enreda y pelea con ellas como si fueran enemigos de otro planeta. Ríe… ¡cómo ríe! ¡Cómo desciende su risa por entre los huecos de una ráfaga de aire perdida! Y conversa. Habla de tanto que ignoro, de tanto que no comparte conmigo, de tanto que corresponde al íntimo recodo de su alma. Y del amigo que avanza a su lado. Se miran con ese brillo chispeante y cómplice que no admite una sola palabra; que comprende el entero significado de un silencio leal y noble…que calza la horma de sus primeros pasos en el hermoso sendero de la amistad.

Me hago invisible y pequeña ante esa burbuja que protege un sentimiento apenas descubierto; me convierto en una velada presencia que mora en la distancia. Y a la luz de ese reino que no me pertenece, porque es solo de ellos, sonrío recordando aquél bebé que era tan mío. Aquella personita que surcaba el horizonte de la estancia solo para sentir mi abrazo. Que tan solo hallaba consuelo bajo el manto de mi voz susurrándole al oído. Aquella cosita que no alcanzaba el metro y que tropezaba con extraños y peldaños de cualquier lugar desconocido para terminar aullando mi nombre cuando se sentía perdido. Aquél que fue moldeado por las estrellas al amparo de mi vientre; acicalado con el amor del mismísimo infinito y vertido al mundo a través de mi cuerpo quebrantado… Aquél, que es ahora cada vez más independiente y cada vez más soberano de su propia existencia.

Mi niño se está haciendo grande. Crece a un ritmo vertiginoso. Se esparce y se derrama siempre un poco más en esta esfera azul que gira y gira. Se explaya, se extiende, siembra amistades aquí y allá y también sufre un poco. Elabora su propio cosmos interno y sus propias relaciones; alianzas que nacen y se embrollan, que se desatan y avanzan, que progresan o se detienen…que tienen su propio recorrido. Puede que en este mismo instante esté conversando sobre alguna tontería y que por eso lleve dibujado un arcoíris suspendido de las comisuras de su boca. Tal vez estén planeando un viaje a la luna, una excursión a los dominios de los elfos a lomos de un diplodocus o tonteando sobre cómo sería ser padre y mandar todo el rato. No lo sabré nunca.

Porque hay y habrá tantas cosas de las que yo no me enteraré jamás. Tantas vivencias, conversaciones, sentimientos y explosiones internas que escaparán a mi conocimiento. Que pertenecerán al imperio de sus entrañas y en los que yo no estaré presente. Superará miedos que puede que ahora mismo le estén robando el aliento y el sueño y que, sin embargo, a mí me pasen desapercibidos a pesar de mis intentos por tenerlos bajo mis riendas. Tendrá secretos que permanecerán sellados tras las el sigilo de sus ojos esparcidos por el horizonte. A algunos los devorará el tiempo deshaciendo la hebra que les daba sentido; otros hallarán asilo en la confianza de algún amigo cuyo afecto puede que le dure para siempre. Vivirá pequeñas y grandes aventuras y de algunas tendré la suerte de contemplar alguna foto de recuerdo. Se subirá a una montaña rusa de emociones con las que ahora ni siquiera fantasea y tendré que imaginar, por el cambio en el arco de su mirada, que por fin se ha enamorado o que ha encontrado un pedazo de sí mismo que había perdido. Y tendré que intuirlo si no me lo cuenta. Me veré forzada a componer el puzle sin tener todas las piezas a mi alcance. Porque no seré nunca su amiga ni seré su hermana. Y tampoco estaré siempre a su lado. Y, por eso mismo, no podré hacer otra cosa que perseguir el surco que su presencia vaya dejando a su paso para, así, comprender lo que no puedo saber de él de primera mano.

Procuro tranquilizarme, al fin y al cabo, ante la certeza de que su libertad hará inviable que yo le proteja y que esté al tanto de todo. Intento obviar la evidencia de que irá de aquí para allá cada vez con mayor soltura; de que derrochará su ser por todos esos rincones que se me amontonan si los pienso y de que, la mayoría de las veces, yo no estaré presente. Busco consuelo capturando en mi mente la imagen de ese cordón umbilical que germinó en mi panza y lo visualizo como un lazo de plata y púrpura que se extiende invisible a través del tiempo y del espacio. Como una cinta de seda y miel que une y firma un pedazo de nuestros corazones en el imperecedero corazón del universo. Entonces caigo en la suerte que tengo por ostentar un título intangible y sagrado; por haber sido agraciada con la fortuna de ser su madre en este mundo de sol y fango. Me topo de bruces con la idea de que tal vez, a pesar de todo, a pesar de la distancia o de los silencios, de los secretos o de los mutismos que me arrojará irremediablemente, para mi pequeño seré siempre alguien especial. Desfallezco ante el delirio de que, ojalá, descubrirá en mí esa luz que titila constante e inmutable entre bastidores y que tan solo recita su nombre. De que abrazará con su alma ese destello incesante en el que me he convertido. Y, luego, me deslizo suavemente sobre la curvatura de la locura que me dice que él, aunque derramado por el mundo, también será siempre un poquito mío…

Aunque no lo sea ni lo haya nunca sido.

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