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Mamá, ¿por qué morimos?

Me gustaría contarles un cuento cuando me preguntan por ello. Pero no tengo claro si sería de hadas o brujas, de sortilegios oscuros o de absurdos y curiosos inventos de otra galaxia que logren dar alguna forma al absurdo. Querría concebir un sueño perfecto que explicara aquello para lo que no tengo palabras; que les explicara el por qué la gente se muere y se va, desaparece de tu vida dejándote un mundo atestado de carencias y huecos que tu mente y tu corazón no entienden. Saber concederles un motivo suficientemente válido para creer que no pasa nada y que, tal vez, en el fondo, no quedan vacíos inertes sino espacios atiborrados de recuerdos que te susurran que nunca se han ido. Pero no puedo. Pienso en todo aquello en lo que creo y en lo que no creo buscando una respuesta y me quedo en blanco. Les miro a los ojos, sumergiéndome en esa pureza que quema los tuyos, y me pregunto hasta qué punto quiero inventarme algo para acallar su curiosidad o rasgar ese candor con una afirmación abrumadora…

mama por que morimosMorir es parte del camino pero nunca estamos preparados. Eso lo sé. Porque morir no es solo dejar de respirar sino abandonarse a la eterna melancolía de la ausencia de nuestros amados. Morir es despedirse y saber que nunca, nunca, podremos acariciarles de nuevo. Llorar amargamente aunque las lágrimas ya no broten con vida. Aferrarse a una realidad que ya no nos pertenece y zambullirse de lleno en la añoranza porque seguimos queriendo respirar junto a los nuestros. Y bailar, y besarles y rodearles la cintura con la sonrisa mientras se nos agota el tiempo. Mueres y pierdes. Y si no eres tú el que mueres, mueres porque pierdes a otro. Y aun así, el planeta no se detiene. Aunque quedes paralizado por la tristeza, el resto de la gente sigue adelante. Entre la muchedumbre, que se te antoja marchita, buscas un bote salvavidas, una razón, una explicación, una forma de consolarte en medio de esa apnea interminable. Pero no hay razón para torturar a mis pequeños con un baño de realidad tan detallado…

Quiero decirles algo diferente, más liviano. Que, quizá, la muerte no sea el final. Que, tal vez, sea otra forma de nacer a un mundo desconocido como hicimos el día que nos parieron, cuando nos lanzaron, ensangrentados y presos del pánico, a esta existencia. Algo que, a pesar del dramatismo, acabó siendo algo hermoso. Quiero explicarles que podríamos pensar en el cuerpo físico como en una casa colmada de aire puro que sigue presente aunque los vientos echen puertas y ventanas abajo. Que aunque se volatilicen paredes y muebles, su pureza siempre permanece. Que puede que el alma también perdure cuando el cuerpo físico sea reclamado por la muerte. Que aunque ya no veamos ni los pilares, ni el recibidor, ni la cama, ni los colores del tejado, ni nada de nada…podamos todavía respirar el aire incandescente que no se ha evaporado; podamos percibir la presencia del alma de quien se ha ido.

Quiero decirles que si abrimos los ojos con los párpados cerrados; que si palpamos el mundo sin utilizar las manos; que si escuchamos esas voces que no se oyen con los oídos; que si nos permitimos el lujo de zafarnos de la rigidez de la lógica, puede que sintamos que esa persona, que tanto amamos, todavía sigue a nuestro lado. Que puede que así, solo así, entendamos los mensajes que nos envía; que percibamos esos restos del aire inmaculado que ocupó su casa. Y que comprendamos que no es casualidad que nos demos de bruces con aquella canción que tatareaba a escondidas; o que encontremos, como por casualidad, ese pendiente que tanto echó de menos. Que nos topemos con una carta que no pudo enviar o que nos sobrecoja el recuerdo urgente de cuando nos reíamos juntos de todo y nada. Que tal vez, todas esas pequeñas cosas, sean de verdad señales de que su alma permanece muy cerca de nosotros.

Quiero decirles algo hermoso como esto, algo casi romántico, pero, ahora mismo, son tan pequeños que no lo entenderían. Así que debería conformarme con narrarles la historia del que se convierte en estrella para hacer compañía a la luna, porque, la pobre, se siente muy sola. Y, más adelante, hablarles del alma, del aire, de la casa, de la vida que se esfuma. Brindarles, cuando entiendan, esa otra versión, algo menos infantil, por si en ella pudieran hallar alivio cuando les haga falta. Yo, a veces, creo en ello de verdad. Y creo en todas estas cosas preciosas que parecen colmar de perlas lo que yace envuelto en llamas. Me conforta pensar en positivo o, llámalo si quieres, en modo espiritual. Me tranquiliza tratar de convencerme de que existe un sentido para algo tan doloroso aunque no esté al alcance de mi limitada mente humana. Ni de mis palabras. Pero, sobre todo, me gusta pensar que nunca me iré lejos de mis chiquitines; que estaré, incluso muerta, a su lado y que podré ser testigo, de alguna forma que no logro imaginar, del bello progreso de sus vidas en mi ausencia.

Lo cierto es que, desde que soy madre, no hay nada que me aterre más que la propia muerte. Pienso demasiado en ello y, al parecer, es una molestia que comparto con algunas otras con las que me he confesado. Y, aunque busco alivio en esa bella fábula de aire y cimientos, de alma y huesos que me levanta el ánimo en mis peores días, a veces no encuentro el aliento. Me quedo en pelotas ante el pensamiento de que yo también faltaré. Les faltaré. Un día, dios sabe cuándo y espero que llegue muy tarde, seré yo quien se despida. Y no sé hasta qué punto creeré, en ese fatídico momento, que estaré junto a ellos aunque no me vean; que seré el aire puro de esa casa derruida y vieja; que les acompañaré cada segundo que vivan aunque no pueda comérmelos a besos como solía… Entonces, si a veces dudo de mis propias creencias, ¿cómo explicarles nada si no estoy convencida? ¿Cómo sugerirles que morir podría arrojarnos al vacío si ni siquiera esto se me antoja cierto?

Zambullida en mis más lóbregos pensamientos, alzo la vista y contemplo a mis dos retoños. Impacientes, curiosos, aguardando inquietos una respuesta que no llega. Tan endemoniadamente tiernos que desaparecen mis angustias y resucito de entre los muertos. Son ellos la luz. Son ellos por quienes me he transformado y convertido en alguien mucho más consciente de la realidad, del tiempo, de lo finito de mi existencia. Son ellos quienes han hecho de mi una persona más reflexiva, atenta, precavida y también más temerosa. Desde que los acogí en mi alma y en mi seno, siento el peso del pánico de que concluyan mis días pero también me siento más viva y agradecida que nunca. Porque me han abierto de par en par los ojos y han desterrado al infierno mi ceguera. Y ahora veo, aprecio, siento cada día que paso en este mundo como si fuera un regalo de los mismos dioses. Nada doy por supuesto. Nada por descontado. Así que, al fin y al cabo, puede que sea la maternidad, con todos esos aguijones de por medio y sus lacerantes reflexiones sobre la muerte, la que me haya hecho despertar a la vida.

Ahora solo queda respirar profundamente y responder, por fin, a su pregunta…

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