El apego. Mi apego


Me muero de ganas de llegar a casa para cogerte, apretujarte a mi cuerpo y emocionarme al contemplar cómo observas el mundo desde mis brazos: maravillada, atenta, ilusionada y segura, sobre todo, segura. Muy segura. Así te sientes cuando estás conmigo: segura, tranquila, calmada, relajada, feliz. Y me lo explicas constantemente, una y otra vez. Me lo explicas a tu manera desde el primer segundo en que llegaste a esta vida, la extrauterina.

Y yo, alagada por que me hayas convertido en tu refugio, me pego a ti todo lo que puedo y te pego a mí todo lo que puedo. Te llevo de un lado a otro de la casa en mis brazos, te paseo por la calle en mis brazos, te mezo en mis brazos, te duermo en mis brazos. Me encanta transportarte en brazos. Tú los adoras, porque son los míos. Y yo te adoro a ti.

Deseando estoy por las noches, cuando yo me acuesto, que te despiertes un poquito para sacarte rápidamente de la cunita y tumbarte delicadamente entre papá y yo. Deseando estoy que llegue ese momento para dejar que te acerques con ansias, de calma más que de hambre, a mi pecho y para sentir tu alivio, tu felicidad, tu respiración relajada. Y deseando estoy ver cómo buscas el contacto con papá por un costado y conmigo por el otro, y te duermes serena y feliz. Sí, feliz. Con una expresión suave, de satisfacción, tranquila. No tiene precio ni definición ese momento...

Definitivamente, me fascina tener apego contigo, Dafne. Es más, el corazón me lo pide. ¡¡¡¿Qué barbaridad es esa de que los bebés se malcrían con el afecto?!!! ¿Acaso mis brazos son una ofensa, un vicio, un daño para ti? ¿Acaso mis caricias cuando estás inquieta son una maldad? ¿Darte nuestro cariño, nuestro calor, nuestro espacio, para que te sientas segura, es un maltrato?

Me duele en lo más profundo de mi ser separarme de ti cada mañana laboral. Cuando me alejo de ti, otro pedacito de mi alma se rompe, otro nudo se me enreda en la garganta, otra heridita me escuece en el corazón, otra neblina empaña mi mirada. No me acostumbro. ¿Y yo voy a dejar de achucharte sin cesar cuando se produzca el reencuentro porque te “malcrío”? ¡Ja! Como dice la letra de una canción de Manolo García: “...Si ahora pudiese estar mirando tus ojos iba a estar escribiendo aquí...”.

Pues eso.

La mamá.
Un día cualquiera de Noviembre, en la oficina, a la hora de comer y ojeando tus fotos.

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